Criptoespectro

John McAfee no ha muerto. Su espectro digital sigue entre nosotros. Hebras de información multiplexada trasladan misteriosas órdenes. Servidores encriptados guardan notitas personales en cadenas de bloques.

-¿Qué está pasando?

-No tengo ni idea, pero es público.

-Entonces, si existe un vigilante, existe la posibilidad de que alguien correlacione todos los registros.

-Como un gatillo.

-Como una cuenta atrás. No hay forma de predecir cuándo o si sucederá.

Frente a nosotros, trece consultas a las cadenas más cotizadas. McAfee sigue operando cada cinco minutos. John está en todas y todas están en John; es una idea que vive entre montañas de metadatos. La información: siendo producida, siendo acumulada, siendo reciclada para producir más información. Cadenas de sentido entrelazado navegan un océano de anotaciones públicas. ¿Quién sabe qué quiere decir cada cosa? Un ajuar de criptobloques encierra las decisiones de operadores anónimos. El espectro de John es uno más. El usuario MCAFEE parece obrar en su nombre. Arroja paladas de referencias a la vida de John junto a cadenas de ocho caracteres ASCII. Su vida la conocemos, pero los caracteres no significan nada para Glenda ni para mí.

Mi teléfono vibra en la pechera de la chupa. Deslizo la mano y atrapo el aparato, que reclama mi atención. Es un mensaje. De John, John McAfee. Dice <<¡MOVED EL CULO! JASÓN ESTÁ EN POMPEYA. FICHA 3 ROJO. 29:13 EN CUADRILLA. >>

-Busca las llaves del coche- le pido a Greta mientras reviso el cargador de la Glock. Nos queda otro maletín con un rifle VHS.

Atravesamos la AP-7 en sentido Valencia en un Audi e-tron GT. Mientras ella conduce, reviso el manual de campo que John nos regaló en el seminario de Viena. Cien participantes frente a un solo ponente. <<3 ROJO>> es una referencia a las últimas páginas. La referencia al rojo tiene que ver con el riesgo, como es obvio. El tres se refiere a lo que McAfee llamó el <<estatuto de realidad>>. Conocemos bien ese estatuto: cuando en Universo conspira, cuando las mentes se confunden. Un tres es menos que un cuatro, lo que significa que seguiremos enfocados en este único mundo. Tres significa <<precaución en las averiguaciones, el enemigo es polimorfo, esperar es beneficioso>>.

Greta termina con la manguera eléctrica, entra en la cabina y guarda la cartera en el compartimento del reposabrazos.

-Me cuesta entender por qué escribió todo en forma de I-Ching desestructurado. Él no es un profeta -le comento.

-El caso es que a veces parece que tenga sentido.

Hasta un reloj roto acierta dos veces al día.

Episodios de sol de costado junto a un mar inundado de apartamentos. Padres de familia incendiados por el domingo existencial nos adelantan por la izquierda. Decidimos la música entre ambos.

Who’ll remember all the players
Who’ll remember all the clowns

Pero de pronto Greta apaga la radio.

-¿Te acostaste con Marisa?

La pregunta me pilla desprevenido. Miro el retrovisor: dejamos atrás un camión lleno de troncos; el conductor tiene una bandera de Murcia en el fondo de la cabina. Palpo con las yemas el botón que abre la ventanilla. Me froto el muslo izquierdo con la mano izquierda.

-Te acostaste con Marisa.

Baja el parasol del conductor y descorre el velo del espejo. Se quita una legaña sin prestar atención a la carretera. Sus labios, entreabiertos, esperan mi justificación. Es la termodinámica de nuestras discusiones. Ella encuentra problemas y yo los empeoro.

-Hace dos años que no salimos, Greta.

-¡Es mi puta hermana, cabrón!

De súbito, el coche acelera. Nos acercamos a un camión frigorífico cargado de pescado. Un vacío me crece en el estómago.

-Somos adultos, somos…

Me cuesta respirar. Adelantamos al conductor del camión refrigerado. Un tipo gordo se ríe de mí. Jesucristo le da la razón desde el salpicadero.

-¿Lo has hablado con ella? Porque me lo propuso ella.

Un padre de familia conduce por el carril de la izquierda. Greta lo aparta echándole las largas y le adelanta. Tres retoños lloriquean en los asientos traseros. El padre viste polo y se tiñe las cañas. La madre trata de consolar los llantos; y se tiñe las canas.

-¡¿LO HAS HABLADO CON ELLA?!

-¡NO TENGO POR QUÉ HABLAR NADA CON ELLA!

-¡ESTO ES COSA DE TRES!

-¡ESTO ES ENTRE TÚ Y YO!

-¡LA ESTÁS INFANTILIZANDO!

-¡TIENE DIECISÉIS!

Emito un mugido sordo mientras me froto la cara. Cuando aparto las manos, Greta sigue aquí. Tiene razón; me propasé.

-Tienes razón, me propasé.

Entonces se calla y recuerda volver a velar el espejo y alzar el parasol del conductor. Así puntuamos nuestras interacciones: labios abiertos, parasoles cerrados. Las dos manos vuelven al volante y yo devuelvo la vista a la carretera. Confío en que el velocímetro volverá a los ciento veinte.

-Tengo razón, sí -afirma accediendo a la vía de servicio.

>>Es aquí.

Nos hemos adentrado por caminos sinuosos. Un pinedo nos espera y al final se ve una cabaña. De la chimenea huye un humo sepulcral. Tras el ventanal se agitan sombras.

Tocamos tres veces a la puerta y se hace un silencio. Los pajarillos anuncian el crepúsculo. Las sombras comienzan a devorar el bosque y el bosque comienza a devorarnos.

La puerta se abre y aparece un señor bajito, de unos setenta años, con mono de trabajo y unos gruesos anteojos. Una de sus manos todavía sujeta el pomo.

-Serengueti -dice.

-Siete, doce -responde Greta.

El señor se relaja y deja caer los brazos. Escondía un revólver de cuatro cargas, que devuelve a una mesa camilla antes de servirnos té.

-Encantado, yo soy Marcel.

El salón es un anticiclón de cables conectando barebones. Los ordenadores ocupan cualquier superficie horizontal. Los muros brillan recubiertos de diodos; luciérnagas eléctricas sobre cajas cromadas. Una pitón gruesa atraviesa la habitación hasta el cuadro de fusibles. Junto al baño, un transmisor satelital.

-¿Tenéis lo que necesito? -pregunta sirviendo las tazas.

Le damos sendas memorias con nuestras claves. Él saca la suya. Mientras bebemos, las conecta a la terminal principal y comienza a teclear. Fuera se escuchan tres pitidos neutros.

-Es la alarma de la antena.

-¿Estamos con MCAFEE? -pregunta Greta.

Mi bolsillo vuelve a vibrar. Exploro torpe en su busca.

-Estamos casi todos. Falta Soyuz. Todavía no se ha conectado a la VPN.

Desbloqueo el teléfono y reviso los mensajes: <<HÁGANLO SIN SOYUZ. SÓLO NECESITAN EL 80% DE LAS CLAVES.>>

-Es John -les digo. Sus rostros incrédulos no entienden. -Un mensaje de John. Me han llegado una docena desde que murió.

-¿Y cuándo pensabas decírmelo? -me espeta Greta.

-Es lógico, completamente lógico -afirma nuestro anfitrión. -Otro operador me comentó lo mismo. Un patrón. Uno de los huéspedes recibe mensajes, y el otro sólo tiene las directrices.

La mirada de Greta me quema en la piel, pero sólo dura un par de segundos. Luego vuelve a perder la vista, dejar los labios entreabiertos. Es la termodinámica de nuestras discusiones.

-John tenía un plan -recuerda Marcel. Tengamos fe en John.

-Y en su capital -digo antes de sorber los últimos restos del te.

Marcel ejecuta un precompilado que le pasó John. Introducimos nuestras contraseñas. El programa tarda un cuarto de hora en componer un bloque.

La noche ha devorado las ramas y al fondo sólo vemos las estrellas, arañadas por las sombras de los árboles durmientes. Nos servimos whisky escocés y prendemos algo más de leña en la chimenea.

-¿En qué cambiará el mundo? -pregunta Greta.

-Seremos ricos, supongo.

-No -me increpa. -Si fuese sólo dinero sería mucho más sencillo.

-En treinta segundos lo sabremos -señala Marcel. Luego una bala atraviesa la ventana y le pega en la sien; un chasquido seco seguido de un silencio. Su cuerpo cae sobre la mesa y desparrama el juego de te.

-¡Al suelo, G!

Sucesivas balas penetran sucesivas ventanas en busca de sucesivas víctimas. Me cuesta respirar y me fallan los brazos. Gateo lo que parecen siglos hasta que me doy cuenta de que no sé dónde voy. Así que tomo aire, y vuelvo a tomar aire, y veo a Greta acurrucada en la cocina. Su brazo está estirado y busca un cuchillo entre volutas de condimentos que estallan.

Si tuviese mi VHS…

Giro la cabeza y lo recuerdo, allí está: un revólver con cuatro cargas. Me escurro nervioso. Tengo la certeza de que no me han visto. Alargo el brazo y allí está la empuñadura de marfil. El tacto suave me reconforta. Y tomo más aire.

Con la puerta de entrada a mi derecha, cuanto que puedo hacer es vigilar la única ventana que veo desde aquí. Pero los disparos cesan y no hay nada que vigilar.

Nuestros corazones siguen batiendo fuerte en el pecho. Jadeo y sudo. Me tiembla el pulso. Llaman a la puerta y disparo sin querer. Greta grita. Sus ojos, tensados por lágrimas, me miran.

Vuelven a llamar a la puerta. Tres golpes que ahora escucho claros.

Necesito un tiempo antes de arrastrarme hasta una despensa desde la que controlo la puerta de entrada. Me quedan tres balas.

-¿Sí?

-Lamentamos la muerte de su compañero -dice una voz neutra desde el fondo.

-¿Qué?

-Abra la puerta, por favor.

Miro a Greta y me dice que no.

Pongo el revólver en el suelo, tomo carrerilla y se lo hago llegar a ella. El arma se desliza firme por la madera.

Abro la puerta y encuentro a tres androides. El que va delante me entrega un rifle. Es mi VHS.

-Lamentamos la muerte de su compañero. Obedecíamos órdenes distintas.

Las máquinas me miran con expresiones muertas. Sus ojos, inyectados en rojo pardo, no parecen guardarme rencor. Son unidades de asalto automático de los Estados Unidos. Lo que me extraña es que estemos en Europa.

-Fuimos enviados hace media hora para asesinarles. Nuestra prioridad ahora es protegerles.

Greta se levanta a mis espaldas. Evita mirar el cadáver de Marcel y aún sujeta el revólver.

-¿Te ha crecido un alma, de repente? -Su tono ya no teme al androide.

El líder se erige algo más:

-Activando el Programa ustedes hicieron posible la última voluntad de MCAFEE. Nosotros ya no servimos al Mal.

-Ahora somos siervos del pueblo- dice otro.

-El Programa ha subsumido El Sistema -dice el tercero.

-¡Larga vida a la criptocracia! -gritan los tres.

Mi móvil se agita en la pechera. Es un ingreso. Soy millonario.

Miro a Greta, y ella también sonríe.

Suena otro móvil, pero nadie lo coge.