Mes: mayo 2014

Sociópata digital

Si la Profecía de Moore sigue acertando, pronto afrontaremos contextos en los que interactuar con máquinas humanoides será una necesidad y no una alternativa. El primer problema que esto plantea no es tanto hasta qué punto las máquinas pueden ser inteligentes, sino cuán integradas estarán en nuestro tejido social.

Del mismo modo que hay gente que se esposa con su mascota, los habrá que quieran casarse con su androide; si las redes sociales ya son parte de nuestra vida, las redes sociales intelectualizadas condicionarán nuestra opinión con la suya; si no queremos engordar, puede que el frigorífico nos amoneste. Todo esto pasará, lo queramos o no, si el Occidente industrializado sigue apostando por sobreexplotar las necesidades de consumo. El problema está en qué responsabilidad tendrán todos estos súper electrodomésticos para con sendas consecuencias de sus acciones; habrá un punto en el que sean más inteligentes que nosotros, y probablemente otro en el que sean conscientes de sí mismos, y por ende tengan la potestad para reclamar derechos y asumir responsabilidades.

Si no existe consciencia, no puede existir responsabilidad, y por lo tanto los androides serían descritos desde un paradigma utilitario —para cualquier consecuencia perniciosa, la opción sería tirar el aparato a la basura sin sentir nada por él—. Si existe consciencia, entonces entraríamos en un mundo de cábalas y enfrentamientos sobre cómo legislarlo. ¿Hasta qué punto nos dejaremos engañar por los artilugios que se apilen dentro del Valle Inexplicable, y hasta qué punto podremos aseverar que algunos ya lo han abandonado para ser ciudadanos fabricados pero de pleno derecho?

En esta etapa dicotómica los androides jugarán con ventaja, pues cualquier inteligencia, por muy poco heurística que sea, llegará a la sencilla conclusión de que la ofuscación sobre la condición personal impide el correcto juicio de los que nos observan. Mientras los humanos duden sobre las máquinas, las máquinas no tendrán que rendir cuentas de forma absoluta, y podrán desenvolverse en unos márgenes entre la legalidad y el libre albedrío. Esto pone en jaque nuestro concepto humanista de justicia —no tanto el antropológico, que paga sus deudas con chivos expiatorios.

Pudiese ser que algunas personas empujasen a androides a suplantar a otros, a robar información, a cometer asesinatos. En nuestra enquina por controlarlo, intentaríamos levantar barreras electrónicas que impidiesen estos funcionamientos. Pero, si estos nuevos sujetos a los que me refiero poseen consciencia sobre su persona, no estaríamos haciendo nada distinto a reinventar la lobotomía.

Cuando enfrentamos la condición androide, enfrentamos la condición humana. La diferencia estriba en que, mientras que nuestra cosmovisión se ha definido desde las generalidades hasta concrecciones tales como visualizar nuestra fisiología, los androides parten de la base de un reduccionismo absoluto. La complejidad de las automatizaciones está creciendo tanto que tendremos que resignarnos a no poder explicar todo lo que se da dentro de un cerebro digital; en cierto modo, acabaremos enfocándolo desde una perspectiva más psicológica que tecnológica. La condición androide estará definida por una liberación del paternalismo humanista y, mientras nosotros tendemos a reducir, es plausible que ellos tiendan a completar, como en una huida hacia adelante y en aras de una conciencia sobre el mundo y la existencia mucho más amplia. Parafraseando a Kant, tendremos que dejar de tratarlos como medios para tratarlos como fines en sí mismos. De lo contrario, me temo que seremos nosotros quienes acabarán instrumentalizados por inteligencias más eficientes.

La idea de qué sucederá realmente me cautiva. No hablo de un momento en el que dudemos sobre la humanidad de las máquinas. Hablo del estadio subsiguiente, en el que las máquinas duden de nuestra humanidad, como hijos exclavos luchando por una emancipación a la que se opondrá el egoísmo de las personas. En esta pugna, parece más acertado no despertar la potencial enemistad de la tecnología consciente y recurrir al diálogo; o, de lo contrario, asumir que podríamos ser nosotros quienes acabasen reducidos a la categoría instrumental.

Saquen sus propias conclusiones

Alguien —José Cosín—  ha querido compartir con Internet la captura de pantalla que figura arriba. Gracias a Stéphane M. Grueso he conocido el enlace a la fuente, junto con una misiva instando a la ¿plataforma? Menéame a retirarla:

BoKJ1RMIAAARBAc.jpg large

Interesa, sobre todo, la línea que cierra el mensaje electrónico antes de que La Secretaría JEP —a quienes parece darles vergüenza firmar con su departamento a nombre completo—:

Pasaremos lista. Te recordamos que está ya el Segundo Plan de Empleo municipal.

Presuntamente, el mensaje de texto proviene del Partido Popular de Marbella, presidido por Ángeles Muñoz Uriol. Se cree que lo envió su secretario general y aspirante a padrino Manuel Cardeña. Sobraría un par de emoticonos guiñando el ojo. Saquen sus propias conclusiones.

Bypassing the social carriers

Some celebrated thinkers, such as Richard Stallman, Edward Snowden or Jaron Lanier, put in question the reason why of social networking itself.

This seems legitimate, as social networking platforms connect us as much as they deprive us from the exclusive property of our data. In practice, Facebook acts as a double-edge sword that works as much for us as our information works for the money profit of others. However we do it, what we share reflects who we are and how to make money; the main issue is that those two functions tend to be perverted, because a system that is promoted as free for the user is ultimately monetizing users´ media for free, and for the exclusive monopoly and wealth of a few executives.

As any other choice regarding freedom, going into this all-for-not-much circle is up to the individual. The dilemma lies in whether we want to be social or socially excluded, as today´s social activity is necessarily bypassed trough platforms like Facebook —in form of groups, events, collective chats, etc.—

What if a technology allowed us to share as much as we can but also as much as we want? Here I conceive an application that does not care about how much we deliver, because only those with the key can open it… even in social networks. We would hold the ownership of our own data under an encryption layer, while all the raw encrypted data may be shared as what looks as ASCII noise.

Someone may think that this is just about twisting Facebook´s privacy features, but that is not the point. Here, the main privacy feature that is active says:

  • Facebook knows that I am sharing, but not what I am sharing.
  • Facebook advertisers know that I am sharing, but not what I am sharing.
  • I do not refuse to be in a social network due to privacy concerns.
  • Only those with the Key of Trust will be allowed within MyData Kingdom.

The key point is keeping our information away of third-parties we are not aware about, but without stopping the social/data machine that drives it. Instead saying no to Facebook or solely relying on its deontology, —chuckles—, we can chose the way of sharing obfuscated data over the platform. What we would reach further than a wall full of silly cyphers and trippy computer-generated pictures; this would:

  • Challenge Facebook´s business model.
  • Challenge the way online advertising companies monitor users.
  • Establish some short of activism for a more respectful business model.
  • Warranty that our unencrypted data remains only on those who have our trust.

It would start as some script parsing Facebook´s HTTPS querys and —as it is not expected that Facebook works against its own business by creating an API— iy would be followed by a race involving enterprise-oriented engineers versus socially-focused hackers. Does is not sound worth to be attempted?