Mes: marzo 2010

Lo que debes saber antes de abrir la boca

Me declaro incompetente verbal; como todos. Confieso. Cualquiera puede tener un lapsus linguae, puede apretar la tecla equivocada o confundir churros con medias. Todo, claro, un número limitado de veces.

Porque, efectivamente, hay una frontera (algo abstracta, pero haberla hayla) entre lo tolerable y lo intolerable a la hora de expresar un pensamiento. Pongámonos más cartesianos: a la hora de expresar un concepto, una idea, o un simple cúmulo de información.

Voy a intentar aclarar algunos puntos, una especie de «Reglas de Oro (falso)», motivadas por lo mal que me he sentido hoy en el coche al escuchar las opiniones de ciertos tertulianos radiofónicos que, cursando o teniendo estudios superiores, no eran capaces de demostrar ni un ápice de competenecia.

1. La pereza vocal debería ser un delito.

No puedes ser locutor de radio y hablar sin juntar los labios. No puedes, sencillamente. Como mínimo, es necesario ejercitar la parte maxilo-facial todos los días: al levantarte por la mañana, al hablar con gente o  por teléfono, al leer un libro, o donde sea. Este entrenamiento merece tanta constancia como la de un deportista que ha de rendir marcas.

No se me pasaría por la cabeza la idea de presentarme a una maratón sin haber entrenado primero unos meses.  Es de cajón que uno no puede pasarse la vida con la boca dormida (en relación con el cerebro, seguramente en idéntico estado), y pretender ser un as de la narración. De tu oratoria depende también tu reputación como profesional; tú verás si es importante o, por el contrario, puedes pasarlo por alto.

Aparte, que cómo te expreses será una referencia sobre cómo de ágil eres;  no sólo mental sino también intelectualmente. Hago esta pequeña distinción porque puedes ser un hacha manejando datos, pero un completo inútil a la hora de desarrollar tus propias ideas. La próxima vez que te mires al espejo piensa sobre esto.

2. Tu dicción justifica tu erudición.

Cuando enciendo la radio hay una pregunta tácita: ¿qué vas a contarme? Porque si lo único que tienes son opiniones vagas y rumorología barata, mejor giro el dial y te abandono. Mato tu voz. Prefiero ser un audiocida a perder mi criterio.

Los «yo creo», los «yo opino» y similares no me los sirvas fríos. Los quiero en el momento adecuado, a la temperatura óptima. Si abusas, voy a tener muy claro lo que pasa: que no tienes nada entre las dos orejas, y lo único que eres capaz de hacer son juicios de valor sobre si esto o aquello es bueno o malo. Hoy he oído en menos de un minuto la misma referencia a que los becarios son «esclavos»; no pido dos sinónimos, pido que las otra tres veces hablase de otras tres cosas. Algunos juegan una carta. Esto va de jugar con toda la baraja.

Peor aún: bueno o malo, esto o aquello, pero sin profundizar en los porqués. Esto es lo que más justifica que incendie la emisora un día cualquiera, cuando sea invierno y resulte rentable para calentar a todos los sin techo que, como mínimo, tienen la suerte de no poder escucharte.

Tu bagaje cultural viene dado por la profundidad de tus opiniones.  Si no sabes expresarlo, socialmente no lo sabes. Lo siento mucho por John Cobra. Si no eres capaz de enraizar tus tesis vete despidiendo de un oyente. Quiero decir, que yo opino

El último punto que quiero resaltar viene por haber escuchado a un ¿futuro? periodista aquejado de las pocas prácticas que se hacen en la carrera, y a su compañera dándole la razón al grito de «Claro, después de un verano sin escribir cuesta teclear». ¿Por qué en vez de pasarte la vida esnifando pegamento, periodista junior, no inicias un blog y desengrasas ciertas partes del cerebro? Da igual lo que te manden hacer si tú no haces el trabajo. ¿Qué confianza me daría un médico que de año a año olvida sus conocimientos porque «no le han hecho hacer prácticas»?

3. A ojo de buen cubero, los astronautas acabaron muertos.

En la misma emisora un chico y una chica (dudosamente un hombre y una mujer) llevan un programa de moda. El problema es el mismo que tienen los que van antes y los que van después en la parrilla: se sienten con la necesidad de justificar lo interesantes que son sus contenidos.

Fulanito de Tal resulta ser un «verdadero» jugador de fútbol, mientras que Fulanito de Cual es «muy, muy, muy» sincero con su pareja. La misma calificación que las botas de Paris Hilton, «muy, muy, muy» espectaculares. Los contenidos son «realmente interesantes», cuando no «impresionarán a la audiencia».

La catástrofe se atisba ya demasiado cerca, cuando no hay tiempo para huir, en el momento en que uno cualquiera deja colgada su frase. «Menganito es… es un…», y lo remata: «gran… gran profesional». Descenso en el tono. Lo ha clavado. Es un gigantesco as, que no tiene otra cosa que aparecer en tu programa para que lo hinches hasta que reviente.

Interrumpimos la transmisión para hacer la pregunta del millón: si tus contenidos son «tan, tan, tan» interesantes, ¿por qué necesitas justificarlos constantemente?

4. Replicar no te hará inteligente.

Cuando uno no ha cumplido los tres puntos anteriores, todavía queda un cuarto que puede desgraciar el cuadro del todo: la falta de originalidad. Ser lo suficientemente caradura para copiar eso de «las botas de encaje, con leggins y cuero duro de Jashakamihala Ashakarenova». Donde al final añades «…con su gran, gran estilo desfilando». Lo mató tu exageración y cuatro palabrejas que ni entiendes pero te sirven.

El problema para hacer algo es que has de saber cómo hacerlo o descubrirlo. Dar palos de ciego constantemente es la manera más fácil de cortar el cable equivocado de la bomba, poner a cero el temporizador y dejar que los cuatro inteligentes vean cómo tus pedazos se desparraman manchados de Gracia por las oficinas del paro.

Sé natural: si no lo sabes, no lo sabes. Si lo aprendes, lo sabes. Y, si lo que quieres es copiar, mejor dedícate a coser carteras. No tiene nada de malo hacer un programa de lo que quieras siempre que puedas lidiar con ello; de lo contrario, no sólo me reiré de ti, sino que, como parte de esa audiencia cruel y despiadada, me esforzaré por acentuar tus faltas delante de mis amigos.

Y otra cosa: puede que tengas una línea editorial; otra cosa muy distinta es que te identifiques con ella. Si me hablas de «usted» sin sentir ese respeto, una de dos: o bien pienso que te estás riendo de mí, o bien te siento como un chucho obediente que hace lo que le dicen sin el menor talento.

Espero que estoy ayude a más de uno a redescubrir el sentido de la vida, el Universo y todo lo demás. Si hacemos las cosas, al menos hagámoslas bien. Y la razón de por qué todo este sermón nos la da, de nuevo, el cine:

«Quiero contarte una cosa Mark, algo que aún no sabes. Nosotros los K-paxianos lo hemos descubierto porque llevamos mucho tiempo existiendo. El universo se expandirá y luego se cerrará en sí mismo. A continuación volverá a expandirse y repetirá este proceso hasta el infinito. Lo que no sabes es que, cuando el universo vuelva a expandirse, todo será otra vez como ahora. Cualquier error que cometas esta vez lo revivirás en la próxima ocasión, lo revivirás una y otra vez eternamente. Por eso, mi consejo es que esta vez tomes la decisión correcta, porque esta oportunidad es la única que tienes.»

K-Pax


La que nos dieron

Alguno que otro se llevará las manos a la cabeza, pero creo que la literatura que se da en el instituto es bazofia comparada con el tono ameno y divulgativo con el que se da en la universidad. Y la culpa no es de los alumnos, es de un sistema viciado por su obsesión con que las personas no son más que recipientes de Gracia. Luego llega uno a los estudios superiores y se da cuenta de las letras, además de dibujarse de izquierda a derecha y de arriba abajo, sirven para decir cosas.

¿Qué adolescente de quince años tiene ganas de leerse La Regenta? Vamoavé. Lo mismo con El Quijote, o el Cantar del mio Cid, o cualquier clásico. Darle a un chaval ansioso un ladrillo intelectual no hace otra cosa que fomentar su odio visceral hacia todo lo que huela a inteligencia. «¿Quieres caldo? Pues toma siete tazas». Y no es que esté justificando no leer material con sustancia complejo; lo digo como aficionado más al ensayo que a la novela, y más a los problemas que a las soluciones. Lamentablemente no todo el mundo tiene igual disposición para abrir un libro y enfrentarse al texto

bush_reading

«Querido presi. voy a enseñarle que el libro no se coge del revés.»

Cuando estaba en el instituto, me hicieron leer, entre otras perlas, Niebla (de Unamuno), y Rimas y Leyendas (de Bécquer). Honestamente, son grandes, pero aún recuerdo las prisas para leerme el segundo porque no me daba tiempo. Me gustaba, de verdad, pero era imposible digerir tanto en tan poco tiempo. Todo, «porque los nenes lean a Gustavo». Con una antología de cuentos contemporáneos bien formada nos habríamos ahorrado mucho sufrimiento.

Ni que decir de los temarios: ya no me acuerdo de nada. Cada tema  eran dos páginas, con dos nombres, dos fechas, dos ciudades y dos obras descatacas. Ah, y dos fotos, una de un señor pintado y otra de una caserón que a saber dónde para.

Más tarde un servidor llega a la universidad, descubre la diversidad de la literatura del último siglo y se lamenta de que no le hayan mandado leer nada de eso antes. Habría disfrutado mucho más leyendo relatos de Cortázar, Borges, etc. Y que no se asuste nadie: siguen siendo clásicos.

Esto sí, clásicos actualizados, contemporáneos a nosotros. Incluso muchos de los autores todavía tienen patitas y andan por el mundo. Sería interesante invertir el orden de enseñanza: empezar por lo último, y como Nietzsche hizo con la moral aplicar una especie de etimología de la literatura; ir hacia atrás, e indagar en cómo se ha provocado. De Juan Rulfo saltaríamos a Jorge Luis Borges; de Borges podríamos ir a las vanguardias; de las vanguardas a la generación del ’14; llegamos a las de ’98. Y, a poco que retrocedamos hasta el romanticismo, llegamos al bachillerato entendiendo por qué somos como somos. Eso, o intentamos que niños de primaria que acaban de pisar la ESO entiendan quién es Rubén Darío (que, por suerte, creo que todavía no está en su temario). Mucho mejor les iría con Laura Gallego.

Los de Valencia tenemos otra lacra añadida. Insisto: con todo mi respeto. Otras dos páginas, con otros dos nombres, otras dos fechas, otras dos fotos, otras dos obras… y citas en Valenciano antiguo. Vete tú a saber cómo motivas a a un chico de catorce años para que entienda un poema de rima asonante (o, directamente, carente de rima formal) ¡en Valenciano antiguo! Sólo me acuerdo de Joan Fuster, y de milagro. Tal vez el resto de España (un país cercano a México) no me entienda; quien ha tenido que empollarse semejante antipedagogía sabe de lo que hablo. Y lo peor de todo es que no es malo; sencillamente, nos hacen jugar en primera con cerebros de tercera.

Otro punto es la supuesta manía que se le tiene a que se lean obras traducidas. No seamos puristas, que estamos enseñando. Porque, si queremos ser puristas, o lo somos del todo, o nos sinceramos e intentamos hacer lo que toca, que no es decirle a nadie cómo vivir, sino darle lar herramientas necesarias para que se desenvuelva él solito. Dicho esto, ¿por qué no incluir obras de ficción anglosajonas en Lengua Española? «¡Sacrilegio!» ¿Qué tiene de malo que lean Ubik, o al propio Lovecraft, si luego van a salir animados a devorar lo que caiga entre sus manos? A fin de cuentas, creo que de eso se trata: de que llegados a adultos cierta melancolía les haga seguir leyendo, no de que presuman ante sus hijos de que cuando eran pequeños sobrevivieron a un holocausto lectoril. Yo leí El juego de Ender y, ni la traducción es mala, ni veo por qué no le va a gustar a un chaval con ganas de acción y un argumento atractivo. Y eso que tiene más de trescientas páginas (y el Premio Hugo y el Premio Nébula, que ahí quedan, por si algún cultureta sabe todo lo que representan).

ender

Una profesora (maniática y con problemas emocionales que a día de hoy todavía es incapaz de reconocer) nos encargó leer La sombra del viento. ¿Es bonito? Sí. ¿Vale la pena? Relativamente. ¿Entonces, por qué te quejas? Porque no es normal que gastásemos cuatro meses de un curso sólo para leer algo que le había hecho gracia a la profesora. En ese tiempo podríamos haber leído dos antologías (sí, soy forofo de relatos enfrascados) y un par de libros más, y sin exagerar.

Por si algún docente me lee, voy a proponer unos cuantos textos «no tan académicos», para que les eche un vistazo. Estoy seguro de que acabará convencido de su calidad:

* SCOTT CARD, ORSON; El juego de Ender, Zeta Bolsillo, Barcelona, 2006 (10€)

En un mundo amenazado por una raza alienígena conocida como Los Insectores, la natalidad ha sido limitada a dos hijos. Pero en la familia de Ender la genética es tan prometedora que el gobierno les permite el nacimiento de un tercero.

El joven Ender ingresa en la academia militar, donde sin saberlo es entrenado en batallas en gravedad cero como algo más que un soldado: como un estratego capaz de guiar a la humanidad hacia la victoria.

* DICK, PHILIP K.; Ubik, La factoría de ideas, Barcelona, 2009 (10€)

Más o menos como reza la sinopsis: «Glen Runciter ha muerto. ¿O lo han hecho todos los demás? Alguien murió en una explosión organizada por los competidores de Runciter. Y es el funeral de Runciter el que está programado en Des Moines. Pero, mientras tanto, sus empleados reciben extraños -y en ocasiones escatológicos- mensajes de su jefe. Y el mundo que les rodea está cambiando de formas que sugieren que se les está agotando el tiempo. O que ya lo ha hecho…»

Sencillamente, brutal.

* HADDON, MARK; El curioso incidente del perro a medianoche, Salamandra, 2004 (16’50€)

Christopher Boone tiene síndrome de Asperger. Es una suma de comportamientos extraños para el resto de la sociedad, pero este libro nos descubre su lógica interna, a fin de cuentas coherente, y cómo percibe un mundo adulto que es mucho más inexplicable y entrópico, mucho más absurdo, de lo que a nosotros nos parece.

Una lección de modestia para todos aquellos que se toman la vida demasiado enserio y para quienes personifican sus problemas sin pensar en la suerte que tienen.

* PRATCHETT, TERRY; Dioses Menores, Debolsillo, Barcelona, 2003  (8€)

Situada en el Discomundo (una paródica tierra creada por el autor, suma de todas las mitologías y absurdidades humanas), el discípulo Brutha se enfrentará a una de sus máximas autoridades religiosas, Vorbis, en una pugna ideológica, teológica, (y en ocasiones mortal), por la creencia en el dios Om.

Mientras uno se aferra a una tortuga que dice ser la supuesta divinidad, el otro justifica sus decisiones destructivas mediante su posición dentro de la organización religiosa.

Una crítica amena e intelectual al pensamiento clásico, la Inquisición Española, la fe desmedida, el misticismo y los Dioses Olímpicos, donde Muerte se pasea como una funcionaria de la realidad tratando a los fallecidos como meros trámites que lloriquean porque no quieren ir al Inframundo.

* STRAUSS, NEIL; El método, Planeta, Barcelona, 2008 (10€)

La novela autobiográfica de Neil Strauss, redactor del New York Times, donde cuenta sus andanzas con Mystery, la persona que le introduce en una comunidad mundial de maestros de la seducción.

Pese a que en un principio pueda parecer vulgar, es la obra bien escrita de un tipo que pasa de ser introvertido y poco  hábil socialmente a convertirse en un buen orador, un buen negociador y, lo más importante, una buena persona

Con un fin moralizante, nos encontramos un trayecto  lleno de imprevistos: desde ligarse a una supermodelo sin saberlo hasta acabar conviviendo en una mansión en Hollywood con Courtney Love. Incluye fragmentos de correos reales enviados a las listas de los socios y decenas de consejos para cautivar a la gente. Pero, lo mejor, es la lección de modestia (que no desvelaré).

Somos una generación cinematográfica. Lo queramos o no, lo quieran o no, disfrutemos o no con ello. Es imposible cautivar a un chaval de hoy en día haciéndole sufrir con la literatura. Entregadles lo que les guste y, cuando muerdan el anzuelo, bastará con tirar de la caña. Cada vez algo más complejo, algo más anacrónico, algo que sugiera que en otros tiempos el mundo se vio de otras formas. Pero todo pasa por asumir que los recursos retóricos de hoy en día son nuestro lenguaje de hoy en día, la forma en la que nos entendemos y nos comunicamos. Dadles elipsis, prolipsis, analepsis, diálogos internos y contrapuntos, y pronto buscarán la tábula rasa donde éstos se engendraron.

IntelectuAPPLEs y culebrones digitales

No es que uno guarde rencor contra nadie en particular. Es que uno acaba guardando rencor contra todos.  Si  no es por la prepotencia y el «telamentodobladaísmo» de la marca de Steve Jobs, es por la desidia de los comerciales de Dell, que parecen interesados únicamente en compras al por mayor. Me siento en un estado de las cosas viciado por un agente extraño que desconozco. Es como si todos los que tienen los medios para diseñar confabularan contra que yo diseñe. Hijos de fruta…

Llevo semanas lidiando contra un enemigo invisible: la tienda de Dell. Semanas de «déjanos tu teléfono y ya te llamamos». Lo mejor es que yo quería el Dell Precision M6400 Mobile Workstation; lo peor, que el día en que lo voy a comprar lo descuelgan del catálogo y me intentan hacer entender que es imposible comprarlo. ¿Por unas horas?

Para más INRI, el modelo en cuestión está disponible en el resto de catálogos internacionales de la marca.  Esto es satánico. Después de darme el callo con que no, que no y que no, resulta que lo vuelven a colocar en la web. ¡Cabrones! Y de pronto… ya no está. ¿Qué demonios es esto? ¿Tienen algo contra mí? No volveré a visitar 4chan, si eso es lo que quieren.

Con toda mi calma (y con mis herramientas de pinchar teléfonos), os regalo la última conversación hasta el momento. Perdonad mi voz quejumbrosa, arruinada y llorica:

Entonces uno piensa sandeces como comprarse un Apple. Un «mac», una de esas piezas de bisutería abandonadas secretamente por una firma que ha preferido gastar sus fondos en reproductores MP3. Y es que, si tienes una buena campaña de marketing, da igual lo que hagas, que no se va a notar (o sí). El despegue de Apple se calificó de milagro económico, lo que no quita que sus recursos sigan siendo limitados: exactamente igual que en cualquier otra aparte del cosmos. No voy a ser yo quien os diga por qué las listas de especificaciones dan una de cal y otra de arena. No están mal, pero no son lo mejor.

Tampoco quiero parecer un talibán ortográfico (aunque de sobra todos sabemos que lo soy), pero tengo cierto dolor visual causado por el becario que prepara las piezas de texto de la Apple Store:

ootropijama

Esto no da buen rollo, chavales. Papá: tu niño no le está sacando partido al colegio privado. ¿»O otro pijama»? En mi pueblo es «u otro».  Ya sabéis: que si hay gente de diversas culturas, hablamos de «musulmanes e hindúes», por la misma razón: no seser pepedantes cocon rerrepeticiones eevitables. Menos aún si lo van a grabar con láser para toda la vida (digo yo). Con lo que cobran, bien podrían pagar un filólogo; no hablan mucho y comen poco.

Filólogo: persona que sabe filología.

Pero, ¿queréis una buena razón para no comprar un Apple? Que este hombre tiene uno:

applecoupe

Que la gente se ponga la manzana en el coche porque tienen un complejo de inferioridad que tratan de suplir con la pertenencia a un grupo con valores positivos, pasa. Que el concepto tecnológico de informática se haya subvertido hasta llegar a un concepto emocional y propagandístico alejado de las especificaciones técnicas, pasa. Pero, que un quinqui/cani/johnny/chungo/bakala valenciano crea que por comprar un Apple va a ser más inteligente, y lo demuestre haciendo alarde de su horror vacui, no pasa.

Yo no quiero tener un Apple porque no quiero tener nada en común con él. Soy ateo pero ¡DIOS! Esa insoportable necesidad de simetría (donde una manzana ha sufrido daños) me revuelve las entrañas. Es un quiero y no puedo. Es matar mosquitos a cañonazos. Es regar las plantas con orina para que salgan flores amarillas. Es el colmo de hasta dónde ha llegado la apariencia frente a la sustancia. Es un esfuerzo inútil por parecer alguien. No hay «chicha», ni «chichi», ni «molla», ni nada parecido de donde pueda sacar. Sencillamente, esto es tan surrealista que cuando el tipo nació la conversación fue así:

– Doctor, ¿es niño? ¿Es niña?

– No. Es… gilipollas.